La Alfombra Roja

sábado, 4 de abril de 2009

Crítica: "La buena vida"

Andrés Wood dirige esta película chilena, estrenada este fin de semana en España, ganadora del Goya a Mejor Película Extranjera de Habla Hispana y del Colon de Oro en el Festival de cine Iberoamericano de Huelva.

La trama es una suma de historias que acaban relacionándose a través de su rutina, de su propio devenir diario. Vidas perdidas que buscan algo a lo que aferrarse para poder llegar a ser felices. Con mucho miedo al futuro y deseando olvidar el pasado.

Desde el principio transmite cotidianidad, vida diaria. Personas en las que nos podemos sentir reflejados. Tramas que casi sin querer se entrelazan con la intención de mezclar vidas solitarias. La soledad se convierte en un personaje más; un látigo que azota sin remedio sobre los hombros de los protagonistas.

Y la culpabilidad. El desprecio a los que te rodean para ocultar sus propias miserias; el escudo al que agarrarse para que la realidad no sea la que realmente es. En la vida, en la buena vida, uno es dueño de sus actos.

Y todo termina en la infelicidad. Nadie consigue ser feliz porque los que te rodean no quieren que lo seas y como si un círculo vicioso se tratase tú también provocas infelicidad en los demás. Y la rueda continúa sin que nadie la quiera parar. Nadie desea la felicidad al prójimo si tú no has conseguido encontrarla.

El director nos muestra tristeza, dolor, impotencia. Pero no con el dramatismo que pudiéramos imaginar, de una manera más cruel. Poco a poco, como si nunca las desgracias llegaran solas; pero con pequeños detalles de alegría porque la vida no es sólo sufrimiento. Siempre hay cabida para una sonrisa: la del carabinero con su clarinete, la de la madre leyendo la novela de su hija, la del peluquero encontrando alguien que le quiera…. Pequeños instantes que ayudan a seguir el camino para poder llegar algún día a disfrutar de tu existencia.

Siempre la vida da una segunda oportunidad, un descanso para tomar aire ante lo que pueda venir. Porque al final no dejan de ser historias del día a día, enfocados en un determinado país, pero equiparables a cualquier persona de cualquier lugar.

Los actores se identifican con los personajes y el espectador llega a creer que están relatando sus propias miserias. Como si un amigo te contara algo de él a través de las imágenes; como si todo sucediera a personas con las que nos cruzamos por la calle.

Sin efectismo, sin escándalo y sin grandes presupuestos puedes llegar a emocionar. “La buena vida” es un ejemplo de cine con mayúsculas.

José Daniel Díaz