La Alfombra Roja

domingo, 16 de julio de 2017

Crítica: "Abracadabra"

No nos equivocamos si decimos que el gran estreno del verano para el cine español será "Abracadabra" de Pablo Berger. Una comedia negra, escrita por el propio director, que nos devuelve esa España cañí que ya retrató con gran acierto en "Torremolinos 73". Divertida, más profunda de lo que aparenta y con un grupo de actores perfectamente sincronizados, Berger ha vuelto en un estupendo estado de forma.


Nadie pensaría que Pablo Berger sólo ha dirigido tres películas. Le vemos como un veterano del cine español porque su primer título se presentó allá por 2003 con un gran éxito en el Festival de Málaga. "Torremolinos 73" era un soplo de aire fresco en unos años de gran indefinición cinematográfica en nuestro país. Nueve años después el festival de San Sebastián se rendía a su trabajo en "Blancanieves", película muda y en blanco y negro que triunfó en los premios Goya. Catorce años más tarde de su primer título, llega "Abracadabra" que bien podría representar el broche de oro a una trilogía sobre la España cañí.


Posiblemente todos aquéllos que descubrieron a Pablo Berger con "Blancanieves", se sorprendan de este giro de 360 grados. Los que ya aplaudimos su primer film, nos vanagloriamos de recuperar a ese realizador incisivo, transparente y certero que tan bien sabe mostrar nuestra cultura más callejera. Sólo pensar en la familia que representan Carmen (Maribel Verdú), Carlos (Antonio de la Torre) y Toñi (Priscilla Delgado) te obliga a recordar en qué país vivimos y cuánto queda por mejorar.

La hipnosis es el gran desencadenante de la trama. Como el propio Pablo Berger reconoce, una experiencia que vivió con un amigo hace 30 años es el germen de un guión que rápidamente se desvía hacia travesías más interesantes y profundas. Porque el camino real es el que recorre Carmen, el personaje que interpreta con arrojo y valentía Maribel Verdú. Una mujer relegada a ser ama de casa, con un marido tosco y machista, y una hija en pleno fervor adolescente. De ella siempre ha estado enamorado su primo Pepe (José Mota), un hombre tímido que trabaja como guardia de seguridad en un supermercado y sigue viviendo con su madre.


Dadas las fechas de estreno, no sería extraño pensar que nos encontramos con una comedia de situación al uso. Nada más lejos de la realidad. Sería como relegar a "Torremolinos 73" a la etiqueta de película erótica. Detrás de la sonrisa que generan determinadas situaciones, hay un espejo en el que mirarnos. Quién no reconoce el Madrid más profundo y escondido en cada plano, el que no se muestra en las guías turísticas. El salón de bodas, los bares de barrio, las calles estrechas y poco cuidadas o las carreteras asfixiadas por el tráfico son el paisaje de unos personajes que deambulan por la vida sin ninguna pretensión ni objetivo.

Una mezcla de géneros (comedia, thriller, suspense, esoterismo, drama...) que no permite definir con claridad la película. Las situaciones son jocosas pero también preocupantes y alarmantes. Los personajes esconden miedos y secretos que los atormentan pero que, dado su escaso bagaje emocional, no son capaces de afrontar. La tristeza de Carmen, la inseguridad de Pepe o los demonios de Carlos son sólo algunos de ellos, quizás los más evidentes.


No podemos dejar de nombrar a los secundarios de lujo que arropan a los protagonistas. Quim Gutiérrez, Ramón Barea (que también había participado en sus dos anteriores films), José María Pou, Saturnino García son sólo algunos de los componentes de un plausible reparto que complementa a los protagonistas.

Pablo Berger arriesga y gana en esta comedia negra que no generará carcajadas en el espectador pero sí mantendrá una tímida sonrisa en su rostro mientras nuestras miserias se pasean por la pantalla para recordarnos que somos una sociedad con mucho trabajo por hacer.

José Daniel Díaz